Me encanta pasear por las estrechas calles del Barrio Sta Cruz, donde siempre hay una sombra bajo la q cobijarse

Me levanté tempranito esa mañana. Había quedado con un amigo para desayunar. Sé que hubiese querido pasar más tiempo conmigo, que hubiese querido que le acompañase de compras el día anterior, como habíamos hecho alguna queotra vez hace años.

Crucé la calle para coger el autobús. En la puerta del taller estaba aquel perro, aun adormilado, empezando a aprovechar los primeros rayos de sol de un día que prometía ser cálido, pero que todavía no éramos conscientes de ello. Después entendí que me sobraría el abrigo y el jersey, que los hubiese cambiado encantada por una fina camisa, incluso unas mangas cortas.

Cogí el autobús. Lleno de gente como es habitual en un día normal a esa hora. Me puse el MP3 dispuesta a escuchar música, sabiendo que me esperaba un largo viaje, pero al final decidí poner la radio. Zapeé. Escuché la voz del Presidente del Gobierno y dejé de zapear para "zetapear". Pero madre mía, era Carlos Herrera el que le entrevistaba... Nada más que comentar.

Una hora de autobuses y por fin llego a Virgen de Luján. Mi amigo seguro que tiene hambre. Nos vamos a la famosa chocolatería que queda justo frente a su trabajo, no quiere alejarse mucho. A mí me apetecía una buena tostada, pero lo entiendo. Además, echaba de menos los "calentitos" de mi tierra.

Un ratillo de charlas, puestas al día, todo deprisa, sabe a poco. Otra vez será. Siempre tengo que conformarme con el "otra vez" en cada visita a Sevilla. Siempre llevo prisas. Pero esta vez no. Esta vez voy a disfrutar de esos paseos que tanto echo de menos.

Paso a saludar a Concha, de Queraltó. Se porta muy bien conmigo cada vez que me toca cambiar de gafas o lentillas, es muy cariñosa, y me coge de camino.

Cruzo el río. La Puerta de Jerez está patas arriba. Las obras han tomado la ciudad. Y la gente empieza a sentirse un poco como en Madrid, creen que van a sepultar la ciudad bajo las obras, creen que no va a terminar nunca.

Espero a cruzar la calle por un sitio imposible. Nadie se acordó de regular este rincón al tráfico. Y, ya me parecía raro que no hubiese pasado antes, empiezo a escuchar quejas sobre las obras. Pero se dirigen a mí. Me quito el MP3 para ser educada, para dar entender que le oigo, pero sólo después de la segunda respuesta. Le respondo que paciencia, que el que algo quiere algo le cuesta. Y ser educada me cuesta tener compañía que no buscaba durante un buen trayecto. Decido apagar la música.

Es un chico joven, o no tanto, de lo más sevillano. No sé, no tiene malas pintas, pero no me termina de convencer. Roza lo "cani". Y no mepreguntéis qué es; no conozco otra palabra mejor para definir lo cani.Que si hay que ver, que si esto no va a acabar nunca, que es un caos. Yo excuso al Ayuntamiento, intento comprender a ambas partes. Pero será que no vivo allí, y que no lo sufro a diario.Y le digo que sólo hay que ver el anuncio que ha hecho el Ayuntamiento de Madrid para defenderse de quejas así.

Me pregunta, intento ser cortés, pero no me apetece la conversación. Quería una mañana para mí. Pero sigue hablando. Que si soy de Madrid, no soy de aquí, se hace un lío, no me ubica (a veces casi ni yo consigo hacerlo), tampoco le doy facilidades,pero no vives aquí ¿verdad? , no, que si vas a venir en Semana Santa, no soy muy de Semana Santa¿y en feria? yo tengo caseta, si quieres te vienes y te invito a un cubata. Bla, bla, bla...Gracias.

Llega por fin mi bifurcación. Educadamente digo que tengo que tomar otro camino y le dejo allí. Y respiro paz. Estoy ya en la Giralda. Dispuesta a perderme por mi barrio Santa Cruz. Me confunden con una turista, estoy segura. Llevo la cámara en mano, no paro de hacer fotos. No paro de mirar todo como si fuera la primera vez. Y miro también el menú de las mesas en la Plaza Doña Elvira, con la esperanza de que pudiera haber algo
que me permita un día comer allí. Pero no, tendré que ahorrar, o al menos ahorrar para comer algo que no sea gazpacho más paella. Y tendré que elegir bien la compañía para disfrutar de un rincón tan increíble.

Me siento. Respiro la paz de antaño. La fuente canta como ha cantado siempre, es casi una nana. La brisa corre fresca entre los naranjos. Canto, hago fotos, miro, observo, siento. Estoy convencida, me toman por turista. Nadie compraría postales de su ciudad. Los camareros mi miran esperando que solicite una mesa, están casi al acecho.

Me he llenado de energía. He recuperado fuerzas, y sonrisas. Paz. Me reencuentro conmigo misma.

Se va haciendo tarde. Mi madre me espera para comer. Comida de mi madre. Y ahora también de la Thermomix. Tengo que coger de vuelta el autobús en la Plaza de la Encarnación, otro buen paseo. Pero disfruto de cada paso. Y me pregunto cuándo, de nuevo, podré volver a disfrutar de mi ciudad sin prisas, sin el agobio de cumplir con las visitas, sin tener que esquivar a todos conlos que tendría que compartir un ratito y no puedo dedicar, sin tener que llevar una agenda para distribuir cada minuto sin desaprovechar ninguno.

Pero esta vez no hice tanto, no ví a tantos, y no desaproveché un segundo. Porque los invertí en mí misma.