Arañando la noche y desgarrándola en estrellas. Así paseaban las uñas de sus ojos por el cielo. Por la espalda del cielo. Con el gemido del silencio posado en los labios de la luna. Con las miradas curiosas de quienes no podían ver. De quienes intuían y deseaban. De quienes imaginaban y deseaban. Y el deseo fue fuego en la noche. Y no fue la luna llena la que dio luz a los sueños.

La piel etérea. Dedos imaginarios. Besos sin tacto. Lenguas que se enredaban en el aire. Intangibles caricias. Inaudibles susurros. Porque no existieron. No debieron existir... Sólo se desearon. Y al desear existió. Sucedió. Aunque no hubiese sucedido nunca. Aunque solo fuese un sueño. Aunque se despertase después...