Hay algo que tira de mí hacia abajo. Que me pesa porque me podría dar alas. Que me hunde porque me hace volar. Que me hace caer una y otra vez en lo que para mí es una dulce enfermedad.

Acabaré siendo estatua de sal. De mi mar no quedará agua. De mis sueños, sólo jirones. De mí misma ya no sé ni lo que queda.

Soy sonrisa, o lo era. Soy sonrisa, o lo pretendo. Pero a solas, en la oscuridad, el gato de Cheshire se apaga. En la oscuridad queda sólo eso, oscuridad.

En la noche, soledad, una luna, unas estrellas. Una constelación de Orión que me hace enfermar de infinita nostalgia. Con los pies arrastrándolos hacia delante, porque así lo quiero; con los ojos sintiendo hacia detrás, porque no lo puedo evitar. Que hago enfermar de infinita nostalgia, y no logro encontrar antídoto. No para mí, y menos para dar. Que a veces la dulzura es la peor de las medicinas. Y yo no conozco otra. Yo soy así. No puedo intentar ser lo que nunca quise ser. No puedo decir que no cuando dentro grita sí. Ni mentir tanto siendo tan transparente.

Acabaré por perder todo. Nada es eterno, eso lo sé. Pero todo puede ser lo eterno que queramos que sea. Y a veces el infinito me parece demasiado. Y a veces la nada me parece demasiado poco.

Creía muy difícil elegir una sola canción como preferida. Pero de elegir una, creo que sería ésta. Hay historias que te marcan; hay canciones que las acompañan. Pero hay canciones que parecen que hablan de tí...


Cuando los sapos bailen flamenco...