Mis manos. No las tengo bonitas. Manos pequeñitas, poco estilizadas, antagónicas a las que se imaginan tocando un piano. Llenas de cicatrices. Quizás las que lleve en el alma se reflejen también en los dedos, pudiera ser. Mis dedos. Cortos, gruesos, uñas forzosamente cortadas a ras, y un poquito menos si me descuido y olvido ponerles límite.

No observaba, pero ví. Algo me llamó la atención. Un surco en el dedo corazón de mi mano izquierda. Me vino a la mente un flash como un pensamiento. "¡Qué curioso! Una cicatriz en el corazón". Ese corazón de la izquierda. Miré la otra mano comparativamente, mi otro dedo corazón. Tenía un par de ellos más, similares. Y entonces las imaginé todas ellas como cicatrices en mi corazón, y no exactamente el de la mano; amores que habían dejado una huella sangrante que después intentó cerrar. Las de la derecha cicatrizadas, el corazón a la izquierda sigue latiendo. Mientras haya vida el corazón sigue latiendo.

Tres cicatrices en los corazones; en el corazón... Seguro que algún arañazo más, pero las más profundas, esas tres. Y así recordé a tres personas: las que me hicieron sentir más profundamente; las que más felices me hicieron, las que más lágrimas me hicieron derramar después...

Algo en común. Dos compartían nombre. Dos, ciudad de procedencia. Ninguno de mi ciudad, o casi. Los tres de ojos claros, de ojos reflejando el mar. A Mar. Y un amor enorme. Alguna vez confesado, alguna vez prohibido, alguna vez enmascarado, alguna vez huído; alguna vez sólo yo lo supe, sólo yo sentí, sólo yo callé. Todos vividos intensamente con el corazón.

A alguno le perdí la pista. A alguno me obligué a perdérsela; o también me obligó, puede que alguna vez ambas. Aun me pregunto qué habrá sido de sus vidas, cómo han sido después de aquel adiós... Alguna vez ni siquiera hubo adiós, sólo ausencia indefinida.

Quieres pensar que es mejor así. Ausencia. Antes dudaba de si estas cicatrices pueden llegan a cerrar completamente alguna vez. Quizás. Mejor no ponerme a prueba; mejor continuar con aquellas ausencias y seguir preguntándome. Me acordé de aquellos recuerdos de Marta y sus sensaciones, me vinieron en ese momento a la memoria. Cómo te entendí, Marta. Crees que son fuegos apagados, pero no te acercas a ellos por si aun quemasen esas llamas que no ves, desconfías, sabes que pudieran estar ahí; pavesas que salen volando peligrosamente en un descuido de la mente, que pudieran volver a dejar heridas grabadas en la piel. Y lo peor, es que no sólo en la piel.