Cajitas y sentimientos
Mi amigo Noel era muy escrupuloso con el orden, se pasaba todo el día organizando, etiquetándolo todo. Tanto que hasta los sentimientos los guardaba con rótulos dentro de cajitas. Aunque, a decir verdad, esto es una cosa que hacemos la gran mayoría de los seres humanos, casi siempre de manera inconsciente...
Estas cajitas estaban divididas con los separadores que venden en el IKEA, que te permiten dentro de un mismo cajón meter objetos diferentes sin que se mezclen, manteniéndolos así cada uno en el lugar que se le había asignado.
De esta manera tenía cajas para el amor, con subdivisión, gracias a IKEA, en amor espiritual, carnal y ambos, amor platónico, amores esporádicos, amantes, amor intelectual... ; cajas para los verdaderos amigos, para los que podrían llegar a serlo, para amigos simplemente, para la amistad relacionada con la diversión solamente, para los que no pasarían del grado de conocidos, para los que apenas cruzaba un saludo si se encontraban, cajas de gente olvidada, o guardadas en un rinconcito del corazón con el tiempo... Multitud de cajas.
Con los años iba conociendo más gente, y necesitaba seguir llenando estas cajas. No podía dejarlos correr libremente, era imprescindible saber qué lugar le correspondía a cada uno; en base a esos rótulos sabría también cómo poder tratarlos, a quién correspondía un beso en los labios, una noche de lujuria, un abrazo sincero, un ligero apretón de manos o un par de besos en la mejilla o un simple saludo de palabra, entre tantas formas de saludar que encontraba para cada rótulo de "grado de relación"
Más y más cajas iban llenando su casa, y más y más se iban apilando hasta tocar el techo, para volver a comenzar una nueva columna.
Un día sucedió. Estaba reclasificando a esa persona a quien había considerado siempre amiga. Y dudó. No supo si meterla en el departamento destinado al amor platónico, al libidinoso, o conjugar ambos. Lo que sí sabía era que la caja en la que siempre había estado metida no era ya la adecuada; que esas mariposillas que recorrían todo el cuerpo alimentándose de su sangre y de pedacitos de su corazón estaban creciendo buscando un lugar dentro de él para depositar sus huevos y que de ellos saliesen las larvas de otros sentimientos.
Cogió la escalera e intentó llegar, consiguiéndolo no sin dificultad, a esa última caja donde anteriormente había encerrado herméticamente clasificado aquel pedacito de alma con el rótulo de "amiga", dudando de que pudiese llegar a corresponderle otra etiqueta algún futuro e hipotético día. De hecho, por eso la puso tan en alto, porque no creyó necesario tenerla a mano para aquella labor.
Con su nombre entre las manos, subido en lo más alto de la escalera, empezó a rebuscar entre las demás cajas, abriendo, cerrando y volviendo abrir para, mirando dentro, indagar si era ése el cajón justo. La hubiese metido en el departamento de amor físico, pero sabía que seguramente después tendría que volver a cambiarlo de lugar, puesto que era algo más que deseo de mitigar el deseo. A esa clasificación le correspondería como saludo más que besos en los labios, y no sólo como saludo, sino durante noches enteras, y tardes, y mañanas, pero tampoco sabía si esa persona estaría dispuesta a cambiarlo a él de caja, y si podría saludarle como venía impuesto por la etiqueta correspondiente.

Las dudas empezaron a pesarle en el pecho, y la gravedad de éstas tiraban de él hacia delante, y hacia abajo; las dudas le pesaban también en la parte posterior del cerebro, y la gravedad y éstas quisieron ejercer la fuerza contraria a la primera. Así, como en un pulso, Noel empezó a tambalearse hacia atrás y hacia delante, luchando su cuerpo contra ambas fuerzas, intentando buscar el equilibrio. Equilibrio que perdió la partida.
Cayó estrepitosamente, golpeándose contra cada caja, haciéndolas caer junto a él. Cayeron todas y cada una de las columnas que había apilado durante años. Para su desgracia, muchas de las cajas no habían sido precintadas, esperando quizás algún día sacar nombres de éstas para volver a meterlos en otras. O por simple despiste. Las tapas saltaron, y los nombres, almas y sentimientos se desparramaron por el suelo.
¡Qué desgracia...! Tanto tiempo invertido en la pulcritud de separar, no mezclar sentimientos, personas, vidas, se había desvanecido en pocos segundos, quizás milésimas, para pasar al cajón del tiempo perdido (también clasificaba la utilidad de su tiempo en función del grado y tipo de satisfacción que de él recibía...)
Comprobó estar bien; no tenía nada roto, o al menos los huesos y la piel, puesto que dentro de él algo había quedado roto, sin él saberlo ciertamente.
Como pudo, como recordaba, intentó reclasificar de nuevo, tarea dura y difícil, puesto que esa amalgama de nombres, almas y sentires había quedado esparcido por el suelo de la habitación como una mezcla de aceites y agua, diferentes entre sí, sin mezclarse, pero sin posibilidad de volver a colocar en la aceitera y la jarra de la que provinieron.
Noel, que era tan cabezota como ordenado, se esmeró en la tarea y hasta casi diría que lo consiguió. O algo así.
Después de una dura jornada trabajando en ello, una intensiva jornada de casi veinticuatro horas dedicadas a no vivir para poder volver a su normalidad, las cajas volvieron a crecer hasta el techo con su contenido.
Agotado por la labor, cayó dormido, quién sabe cuántas horas. Su cuerpo se estuvo revolviendo en la cama, mecido por extraños sueños.
Al despertarse, se vistió y decidió salir a hacer la compra.
Saliendo por el portal se alegró muchísimo de ver al portero del edificio, y le dió un efusivo abrazo, como el que se dan los amigos que se conocen de siempre y no se veían desde hacía años. El pobre hombre se quedó estupefacto, con el "buenos días" en la punta de la lengua pidiendo paso para salir, impedida esta acción por la sorpresa que le había causado el saludo de este vecino.
Camino del supermercado se cruzó con un amigo, a quien apenas le dirigió un "hola" y continuó su marcha. Atrás dejo a su amigo, clavado en la acera, con los brazos abiertos dispuesto a darle un gran abrazo.
Llegó al supermercado, cogió una cesta y la casi llenó con los víveres que se incluían en su lista de supervivencia. Al acercarse a la salida para pagar, clavó profundamente sus ojos en los de la cajera, la abordó con un "Hola, preciosa..." y la asaltó con un apasionado beso en los labios. Seguramente aun recuerda la reacción de la cajera...
Parece ser que con las cajas cayeron también las etiquetas de cada una, y ningún nombre volvió a la que le correspondía. Intentó recolocarlas de nuevo, pero no logró exactamente dar el lugar que tenía cada uno antes de ese día, y, entristeciéndose, supo que ya nada volvería a ser igual. Ni sus sentimientos tan estrictamente ordenados; ni su forma de expresarlos tan rígidamente clasificada.

A mí sin embargo me pareció una situación muy divertida y decidí experimentar con ella.
Busqué dentro de mí esas cajas, y me dí cuenta de que tenía muchas menos que Noel, pero que, como la mayoría de los seres humanos, no podía evitar tener.
Las abrí y recordé que no tenía aquel instrumento organizador de IKEA; aunque cada nombre tenía un lugar, no llegaban a estar tan definidamente separados unos de otros, casi entrelazándose entre sí.
Tomé nota de los nombres que tenía en cada una de ellas, por si el resultado del experimento no llegaba a convencerme poder volver a la normalidad.
Volqué las cajas, entremezclé todo, me deshice de ellas. Es más, disfruté pisoteándolas, saltando sobre ellas, pateándolas, poniendo en cada golpe la rabia de no haberme dejado expresar mis sentimientos tal como me hubiese gustado. Y me sentí libre. Y me sentí feliz. Ni dudé en romper aquel papel donde había anotado el lugar que le correspondía a cada uno.
Desde entonces, cuando conozco a alguien, no me preocupo por clasificarlo dentro de cajitas, sino de sentir lo que esa persona provoca en mí, sea lo que sea, sin etiquetas, y saludándola como salga de mí en ese momento, sin rotular, abrazando y besando a quien y cuando me apetece, cuando de mí así surge, respetando obviamente que esa persona desee lo mismo. Porque no todo el mundo ha sido capaz de deshacerse de esas cajitas, ni resulta tan fácil demostrar abiertamente los sentimientos con los gestos. Incluso yo misma a veces estoy tentada...
Con lo bonito que es un abrazo...
Dedicado a Noe. De tus cajitas nació esta historia. Gracias por ayudarme un poquito a romper las mías *;)
Fotos: Agosto 2006
1. La tranquilidad del agua rota por sus gotas, sus ondas. Y ese sonido tan relajante que te acuna entre susurros al caer.
2. Una luna madrugadora que se despereza entre las copas de los árboles, los cuales habían sido su lecho minutos antes...



Ana dijo
Una historia realmente preciosa con muy buena moraleja... Es cierto que yo tamben tengo cajitas por ahí, pero igualmente me gusta expresarme tal y como me siento...
Me ha gustado mucho, y las fotos también, sobre todo la segunda... Es preciosa..
Un beso muy fuerte Marilia... :-D
23 Agosto 2006 | 11:54 AM