Anotaciones de mi viaje de hoy
El tren para mí es un medio de transporte fantástico. Pero no hablo de los trenes modernos, en los cuales apenas te das cuenta de que estás viajando y ya has llegado a tu destino. Me refiero a la magia que destilan esos trenes que te acunan con su vaiven. El encanto de lo clásico en los días modernos.
Hoy viajo en tren. Hacía algún tiempo que no me dejaba seducir por la magia de este transporte, en favor de la comodidad de planificar tu propio viaje en coche, decidiendo la hora de salida y paradas no impuestas.

Me alegro de volver a disfrutar de esta simple manera. Hoy acompañada de este cuaderno, un libro recién empezado pero que ya me cautiva, y mi MP3, que ha desertado al poco de comenzar el viaje gracias a mi despiste, y a que debía llevar tiempo encendido sin haberme dado cuenta.

No he podido disfrutar de ventana desde el principio. Afortunadamente al poco se ha bajado una familia, y con ellos, su niña porculera, de unos 3 años, fiel representación de la futura juventud de hoy; ya la estoy imaginando, caprichosa y pasota, pegada a un móvil al alcanzar la adolescencia, o seguramente antes, dentro de 3 ó 4 años. Menos mal que las pilas de mi MP3 han durado lo suficiente como para tapar su llanto autoprovocado con el objetivo de obtener qué sé yo.

De esta manera, quedando libre ese espacio, sólo he tenido que avanzar un asiento para mirar a mi derecha y así disfrutar del paisaje.
Un paisaje que en esta zona está compuesto de encinas, de pastos secados ante un impertérrito sol de verano, de rocas que parecen emerger de entre las entrañas de la tierra, algunas rotas y masacradas por crudos inviernos y veranos ávidos de calor.

Cigüeñas, que dibujan representativamente la fauna de este paisaje. Y algún rebaño de ovejas, y algún caballo. Hoy hasta un águila nos ha regalado su presencia, acompañando durante un breve tramo al tren, a la altura de las ventanillas. Me gusta imaginar que quizás había pensado en él como su almuerzo, confundiéndolo con una culebra gigante y colorada.

Algún túnel, y algún castillo abandonado, o quizás repoblado por fantasmas.
He podido ver incluso las señales de los oleoductos que pasan bajo las vías antes de llegar a Castuera y a Puertollano.

El tren va semivacío, con un silencio roto a veces por alguna voz, que realmente lo quiebra, o por alguna otra, que se mimetiza con el "chiquichá" de su vaivén.

El trayecto va a ser largo, así que me acomodo. Después de comer (un bocadillo, una coca-cola y unas frutas en conserva) dejo de forzar mi postura de señorita, con las piernas cruzadas, para pasar a dejar a mis sandalias deslizarse y caer; hago un lugar a mis piececitos, limpios, eso sí, en el asiento de enfrente, previa colocación de una servilleta bajo ellos en respeto a un futuro hipotético viajero de este sillón. Parece que no soy la única a relajar las piernas en alto, aunque sí parece que sea la única decidida a respetar las tapicerías del asiento opuesto.

Y a disfrutar... A veces no hace falta hacer nada para conseguirlo. Estos desplazamientos me llenan de paz, y de pensamientos. Sólo tengo que dejarlos fluir. Hoy, además, he podido contar con esta libreta para que el paso de éstos no sean un mero recuerdo, una simple parada en la estación de mi cabeza. Me alegra haber podido así capturarlos con las redes de mis palabras.

A ratitos dejo que otros piensen por mí, y abro el libro. Hoy piensa por mí el señor Zafón, con una historia cautivadora ya desde la primera página. Estoy convencida que les diré lo mismo a aquellos que me lo recomendaron cuando llegue a la última.

Me gusta también del tren la libertad para poderme levantar y estirar las piernas, resituar la espalda. Para mí eso no tiene precio.

Un divertido momento es el que se da cuando la necesidad te conduce al baño. Creo que es la historia imposible de cada viajero, de cada trayecto en tren. Y pienso en cómo lo harán los demás para aliviar señorialmente sus necesidades, para salir ganador de esa batalla entre el vaivén, la postura y la pulcritud, todo ello sin perder el equilibrio y sin perjudicar el atuendo.
Ahora estoy echando un poquito de menos a la Consoli, que dejé atrapada en el aparato de MP3; pero su ausencia me hace disfrutar de los sonidos que me acompañan como si fueran música. Como si fuera una melodía que arrulla a los pensamientos adormecidos. Y a veces hace también que éstos se desperecen.

Esbozo una sonrisa al pasar por el pueblo donde estuve trabajando el verano pasado. Qué recuerdos...

El paisaje ha cambiado, muy poco a poco, muy sutilmente, pero lo suficiente como para indicar que estamos próximos a la llegada.

Han sido casi cuatro horas y media. Pero debo confesar que este tiempo parece haber volado en avión, más que ir a la velocidad del tren en que viajo. Cuatro horas y media que he aprovechado más que cualquier otra tarde anodina vagando por casa.

Díganme que prefieren llegar pronto al destino, pero no me nieguen que estos viajes están y estarán llenos de magia. Como en la vida, hay que disfrutar del trayecto y no sólo pensar en la meta.

Dedicado a mi padre, a quien tanto le gustan los trenes. Espero que con mis gestos sepas comprender lo que nunca te he expresado con palabras. Yo ya lo entendí de tí. Aún así las palabras no sobran: Te quiero. Ya sabes con certeza que tus hijas están ahí para lo que necesites

Foto: imagen tomada con cámara analógica desde un tren en dirección a Bérgamo. Cruzando uno de esos viejos puentes de hierro que tienen tanta magia como el tren. Mejor no mirar hacia abajo...