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Terra
La Coctelera

Categoría: Recuerdos

El siempre salvador recurso de la lluvia para inspirar

Me gustan las ciudades mojadas. Se empañan. Como con la niebla, pero con una nostalgia diferente, menos de misterio, más de recuerdos, menos de frío, más de sensaciones cálidas aunque congeladas en algún instante del pasado.

Es curioso, en los días de lluvia la gente tiene más prisa o se detiene. Como el tiempo, que también se detiene, aunque rara vez corra más aun.

Las calles se vacían, y la cabeza se llena, y el corazón se despereza burbujeante, callado pero haciendo ruido. Y a veces brotan las lágrimas que pretenden confundirse con la lluvia.

Calles mojadas, la soledad paseando por ellas. Altas horas de la madrugada. Me gusta respirar ese cálido frío. El color anaranjado de la noche, tal como lo pintan las nubes. La música callada de la lluvia. Una banda sonora ya inolvidable.

Tiempo atrás salir a la calle sin paraguasme parecía una locura. Ahora me parece una locura salir con él. Privarse del placer de sentir el agua que cae, de un cielo que llora emocionado, que se deshace en gotas para fundirse en mi piel, conmigo. Como un regalo.Y respirar esa paz, esa increíble enorme paz.

Un día cualquiera, un jueves, quizás un miércoles. Los momentos especiales no tienen fecha, ni horarios, ni grandes acontecimientos. Sólo hay que saber reconocerlos y dejar que no se escapen, saborearlos hasta el último segundo.
Un día cualquiera las grandes ciudades que antes parecían hervir se vacían a estas horas en las que algunos duermen, y otros sueñan.

Y yo la estaba soñando despierta.

Algunos días, increíblemente, no deseas que vuelva a lucir el sol, que no rompa el mágico encanto de lo que significa un día de lluvia.

Aquella divertida noche

Mi madre creía que estaba loca. De ser una niña calladita pasé a comerme el mundo a voces. Pero era sólo que empezaba a despertar de tanto silencio. El mundo ya me había comido a mí bastante...

Cenicienta tenía que volver a casa antes de las doce. Pero ese fin de semana no estaba dispuesta a ello. Había venido un amigo de Madrid. Un amigo tuno con toda su tuna. Sí, tengo amigos tunos, nadie es perfecto...Amigo nada más, que conste.

Y era mi obligación de anfitriona llevar amigas. Quizás también alcohol, que con eso los tendría contentos, la perfecta anfitriona para la tuna. Pero llevé sólo amigas. A las copas esperaba que al menos a alguna me invitasen, que la vida de estudiante tiene esas cosas. Bueno, yo no, yo no lo esperaba, pero sé que la Betty sí que lo esperaba, ella siempre sacaba el máximo provecho a sus encantos. Yo, más que cara dura, era descarada. Simplemente eso. Pero nunca he sido capaz de aprovecharme de la gente.

Nos perdimos por la judería, nos encontramos con tunos de otros sitios (es lo que tiene que se celebre en tu ciudad un certamen), intentaron ligar con nosotras, intentarían ligar con cualquiera, perdimos a los nuestros, los volvimos a encontrar, defendieron su territorio.

Aquel tugurio estaba escondido. Escondido primero en el barrio judío, escondido después bajo tierra. Menudas escaleras, qué empinadas. Habría que recordarlo para no empinar también demasiado el codo. Si no, nadie aseguraba que pudieses volver a estar sobre la tierra de arriba sin problemas. El alcohol, por experiencia ajena, que no propia, sé que es no es compatible con las escaleras.

Allí nos pusieron la música que nos gustaba para el momento. Pachangueo. Algo para cantar todos juntos, algo para bailar a solas, un poquito de salsa para juntar los cuerpos... Me encantaba subirme a la tarima y bailar. Una mano tiró de mí hacia abajo y seguí bailando con el dueño de aquella mano. Yo soy muy educada, y no rechazo una invitación. Además, sólo quería divertirme, nada más. Si debía de ser así, así sería.

Pero parece ser que aquella mano no era sólo una mano, que era un cuerpo, que era una boca, que tenía otro concepto de diversión al mío de aquella noche. Y, bailando ensimismada, o enmimismada más bien dicho, de repente me choqué con unos morros, y alguien me plantó un beso de la forma más inesperada y brusca que había conocido hasta el momento. Y de esa misma manera se me escapó la mano en forma de bofetón. Que no soy así, de verdad, que aunque descarada soy educada, pero me nació de dentro, no lo pude evitar. Es que más que un beso, fue una desfachatez. No había dado pie para recibirlo, o creo yo que no. Es que a veces, siendo como soy, puede que yo piense que no, y en realidad podría ser que sí. Pero yo sé que no, que no di pie, y basta.

Mi amigo quedó prendadito de una de mis amigas. Claro, cómo no, todas mis amigas son bien guapas. Y mu salás. Y buena gente. Cómo no iba a quedarse prendado de ella... Pero ella de él... Podría haber sido, pero no. Y mira que era buen chaval. Pero no fue. Lástima.

Una a una fueron cayendo todas, de sueño, de aburrimiento, de cansancio, de tener que volverme y ya está. Yo no quería que acabase la noche. Lo estaba pasando muy bien. Sabía que me quedaría como única representante femenina, pero no me importaba quedarme rodeada de tanto hombre ¿A quién le iba a importar eso? Si es que además, así te ven tan solita, tan desprotegida..., que te tratan como a una reina. A mí eso me daba igual. Yo lo estaba pasando bien y basta. Me sentía rodeada de iguales. Bueno, quizás el del beso y posterior bofetón no pensase lo mismo, pero después del incidente al menos se lo pensaba... Pero está bien eso de que seas una única mujer en un grupo de hombres, y sientas que te traten de igual, diciendo las mismas burradas que si estuvieran solos entre ellos, que no te miren con otros ojos que no sean los de "joder,tú, qué bien lo estoy pasando", en vez de "te metería en mi cama" ¿O puede que no sea eso factible? Los hombres, al fin y al cabo, hombres son. Pero al menos me hicieron sentir así, y eso estaba bien.

Quisimos continuar la noche cuando ya estaba todo cerrado. Tras colocar el candado a todos los garitos que conocía nos fuimos hasta la residencia donde se alojaban los tunos. Allí seguiríamos divirtiéndonos. Había algo de alcohol, unas guitarras, y seguro que tenían risas, y anécdotas, y "esto sólo me pasa a mí", y buen rollito...
Los Bermejales son unas casitas prefabricadas reservadas a la población estudiante, con una caseta de vigilancia y control en la entrada del recinto, todo él rodeado de una valla.

No, tú no puedes entrar. Ya, si sé que no va a pasar nada, pero no puedo permitir dejar entrar a mujeres. No, ya sé que no te vas a acostar con todos ellos, pero no puedes pasar, son las normas.

No sé qué se le iría a pasar por la cabeza al guarda, una chica con tanto tipo... Seguro que nada lejanamente similar a lo que estaba en las nuestras.
Pero yo me negué a que me lo negasen. Y si no era por las buenas, sería por las malas.

Allí, con unos sujetándome por los brazos, tirando, con otros en los que apoyarme los pies, levantándome, salté la valla. A pesar de la falda y todo ¡Que se me van a ver las bragas! ¡Bueno, da igual, qué más da! No, joder, no, que llevo medias, que no llevo pantys, y que llevo tanga, que no llevo bragas, que lo que se me va a ver es el culo... Además, el del beso era el que me estaba sujetando el pie para ayudarme a alzarme. Mira, ya da igual, de perdíos al río. Y como se le ocurra mirar p'arriba se lleva otro bofetón. Lo mismo ya no de indigación, sino de verdad.

Sólo cantamos, tocamos la guitarra y contamos historias. No hubo besos, como pensaría el guarda. Ni miradas lascivas, como imaginaría el guarda. Ni la cama sirvió más que para no tener que sentarnos en el suelo. No hubo más que risas entre amigos y desconocidos. Estuvo bien.

Lo estuve pensando toda la noche... Mi madre me iba a matar... Su niña nunca vuelve a casa a estas horas... Pero recordé que una vez me dijo "si por lo que sea, un día te retrasas y no puedes venir a la hora pactada, llama por teléfono, para que no me preocupe" Y la llamé. Sin más excusa, se lo planté al teléfono. "Por lo que fuese" era esta vez. Que no iba a volver todavía. Es que ya no iba a volver a la hora impuesta porque ya había pasado. Pero ella no sé acordó de aquellas palabras, se enfadó mucho y me dijo "¡vuelve ahora mismo!!" A mí me dio igual. Normalmente no me daba igual, pero ese día sí. No me conformaba con la noche. También quería chocolate con churros.

Llegué con el alba, y con los churros y el chocolate en mi estómago. Me recibió con un bofetón. Nunca me había pegado de esa manera tal hostia. (bueno, nunca me pegaba) Lo mismo debió pensar el del beso... Pero de verdad que le di flojito. Fue solo un bofetón de indignación. Yo, por contra, quedé castigada sin salir, y menos mal que poco después era mi cumpleaños, y me levantaron el castigo.
Yo sé que mi madre, en el fondo, sabe que no era mala, que podía parecer loca, pero sabe que en el fondo era coherente. Y que nunca haría más locura que la de la necesidad de sentirme viva. Que era responsable dentro de mis delirios.

Ahora mi madre piensa que soy responsable, todo lo que hubiese deseado en aquel entonces, que he llegado a ese punto en la vida en el que prima el equilibrio, le encanta verme así, que sea así. Tan formalita, con una vida tan planificada y dirigida. Y yo, sin embargo, creo que perdí esa chispa traviesa que me hacía sentir tan viva... Pero sé que la tengo por algún lado. Cualquier día de éstos me rebelo, la busco y la saco. De vez en cuando la saco. Pero debería pasearla más a menudo para recordarme cómo soy, cómo era, cómo me gusta ser.

Cicatrices en el (dedo) corazón

Mis manos. No las tengo bonitas. Manos pequeñitas, poco estilizadas, antagónicas a las que se imaginan tocando un piano. Llenas de cicatrices. Quizás las que lleve en el alma se reflejen también en los dedos, pudiera ser. Mis dedos. Cortos, gruesos, uñas forzosamente cortadas a ras, y un poquito menos si me descuido y olvido ponerles límite.

No observaba, pero ví. Algo me llamó la atención. Un surco en el dedo corazón de mi mano izquierda. Me vino a la mente un flash como un pensamiento. "¡Qué curioso! Una cicatriz en el corazón". Ese corazón de la izquierda. Miré la otra mano comparativamente, mi otro dedo corazón. Tenía un par de ellos más, similares. Y entonces las imaginé todas ellas como cicatrices en mi corazón, y no exactamente el de la mano; amores que habían dejado una huella sangrante que después intentó cerrar. Las de la derecha cicatrizadas, el corazón a la izquierda sigue latiendo. Mientras haya vida el corazón sigue latiendo.

Tres cicatrices en los corazones; en el corazón... Seguro que algún arañazo más, pero las más profundas, esas tres. Y así recordé a tres personas: las que me hicieron sentir más profundamente; las que más felices me hicieron, las que más lágrimas me hicieron derramar después...

Algo en común. Dos compartían nombre. Dos, ciudad de procedencia. Ninguno de mi ciudad, o casi. Los tres de ojos claros, de ojos reflejando el mar. A Mar. Y un amor enorme. Alguna vez confesado, alguna vez prohibido, alguna vez enmascarado, alguna vez huído; alguna vez sólo yo lo supe, sólo yo sentí, sólo yo callé. Todos vividos intensamente con el corazón.

A alguno le perdí la pista. A alguno me obligué a perdérsela; o también me obligó, puede que alguna vez ambas. Aun me pregunto qué habrá sido de sus vidas, cómo han sido después de aquel adiós... Alguna vez ni siquiera hubo adiós, sólo ausencia indefinida.

Quieres pensar que es mejor así. Ausencia. Antes dudaba de si estas cicatrices pueden llegan a cerrar completamente alguna vez. Quizás. Mejor no ponerme a prueba; mejor continuar con aquellas ausencias y seguir preguntándome. Me acordé de aquellos recuerdos de Marta y sus sensaciones, me vinieron en ese momento a la memoria. Cómo te entendí, Marta. Crees que son fuegos apagados, pero no te acercas a ellos por si aun quemasen esas llamas que no ves, desconfías, sabes que pudieran estar ahí; pavesas que salen volando peligrosamente en un descuido de la mente, que pudieran volver a dejar heridas grabadas en la piel. Y lo peor, es que no sólo en la piel.

Cajas de recuerdos; cajas de Pandora


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Cuando estuve en Sevilla la semana pasada quise rescatar mis cuadernos de poesía que había dejado allí (sí, Lidia, por fin los tengo; otro día te regalo algunas líneas de aquellas palabras del recuerdo).

Con esto de estar siempre de mudanza arriba y abajo decidí establecer el cuartel general del resto de mis pertenencias en casa de mi abuela, que tiene espacio suficiente como para que no le molesten. Aunque no creo que la escasez de espacio hiciese que le estorbasen; es un poco triste saber que una vida de 27 años cabe en 4 cajas de cartón (bueno, 24 años, porque los 3 últimos no los aparqué en casa de mi abuela). No podía cargar con todas ellas en cada cambio de domicilio, y de algunos, no sin dificultad, decidí deshacerme tras pasarlas por una criba.

Abrí las cajas en busca de estos cuadernos, y con ello abrí el cajón de los recuerdos, y la caja de Pandora. Soy muy vulnerable a mi pasado. Desempolvé escritos, poemas (escritos por o para mí), cartas, fotos... Puff! Demasiado para mi corazoncito. No quiere decir que no esté contenta con mi vida actual, pero me dejo embargar fácilmente por la nostalgia y soy sensible a todas las emociones pasadas. Al resurgir todos estos recuerdos las heridas dolieron casi como el día en que se hicieron.

Encontré los cuadernos y volví a meter todos aquellos "porqués" -resueltos y sin resolver- en las cajas, más de un par de horas con ellos hubieran sido perjudiciales para mi salud mental. Así pude recuperarme rápidamente de aquellas sensaciones. Y dejarlas, junto a todas aquellas cosas del ayer, metidas de nuevo en aquellas cajas.

Pero saqué algo bueno de aquello. Saqué lo que es realmente mi esencia, lo que creía haber perdido, o al menos olvidado.

Perdí mi sombra, y mi identidad. Reabriendo recuerdos me doy cuenta de que no soy lo que fuí, ni lo que quise ser

Sin embargo mi esencia sigue ahí, y no la olvido, aunque a veces necesite destapar cajas cubiertas de polvo. Mi esencia de lo que soy y de lo que querría ser, de lo que aspiro a conseguir y lo que de mí quisiera dejar atrás.

No me quedé sin alas; sólo tengo que recordar cómo se vuela...

Dedicado a Juanjo, por permitirme que le robe algún pedacito de nuestras historias epistolares, y alguna vez hasta el sueño para escribirme. Y por ayudarme un poquito, sin él darse cuenta, a devolverme esa esencia

Y bueno, también tengo recuerdos que me devuelven sonrisas, incluso algunos de los que dolieron dibujan en mi cara el gesto de la alegría, porque no siempre dolieron. Pero quizás les dedique unas palabras en otro momento.

Foto: La que podría ser una de mis cajas de recuerdos. Verano 2006 con recuerdos de otras estaciones y otros años.
Canción: "Vértigo", de Ismael Serrano, uno de mis artistas preferidos. Canción llena de recuerdos y emociones que me ha parecido muy adecuada para lo que aquí he escrito. Me encanta esta canción...
"...Y ahora cambiemos el mundo, amigo, que tú ya has cambiado el mío..."

Éso me pasó por no tener coche

No sé cómo ni porqué me han venido situaciones curiosas que me han sucedido en el transporte público, curiosamente todas en Italia.
Recién llegada, mis amigas, que llevaban viviendo ya un tiempo allí me comentaban lo fácil que era no pagar ni el metro ni el autobús, que ellas apenas se habían gastado dinero en esos viajes.

En el metro, por ejemplo, me explicaron que con el mismo ticket podías entrar mil veces y siempre se abría la puertecilla de acceso al subterráneo.
Pues allá que va Marilia, y con apenas una semana de estancia se atreve a ir a arreglar papeleo sola, con otra novata como ella.

Y efectivamente pudimos acceder al metro con el mismo ticket que habíamos usado ya 5-6 veces. Con la mala suerte de que, el día que no nos acompaña nadie que supiese del tema, nos pilla un revisor. Nos pide los tickets y comprueba que están ya negros de tantas veces que ha quedado impresa la fecha y hora de acceso. Qué vergüenza pasé!! Multa al canto. Hicimos como las que no entendían nada, pero el hombre se preocupó de hasta escribirnos la cifra que debíamos. 10.000 liras. 50 euros. Juntamos lo que teníamos entre las dos y por poco casi no llegamos. Menos mal, porque ya me veía en un cuarto oscuro con la policía...

Cuando se lo comentamos a las demás chicas nos contaron la segunda parte de la historia. Tenías que llevar además un ticket nuevo, por si te pillaban decir que te habías equivocado y habías picado con el que estaba ya usado. Eso se cuenta antes... Si es que la picaresca no se hizo para mí...
Ese fue mi estreno con los transportes públicos. Ya no me volvió a pasar.
Otra historia para no dormir eran los taxis. Era dificilísimo encontrar uno. Suerte que conocimos a Antonio, que, sin ser taxista, nos llevaba donde quisiéramos, fuera a la hora que fuera, y encima nos cobraba menos que el propio taxi. Hicimos amistad y todo. Y en este caso no era por ahorrar unos euros, sino que es que de verdad no había otro transporte disponible a ciertas horas. Menos mal que allí estaba él para lo que fuese. Tendría tantas historias nuestras que contar...

Un día, después de haber pasado el fin de semana de turismo en otra ciudad no pudimos localizarle. No recuerdo si es que no pudimos hablar con él o es que estaba realizando otro servicio. El caso es que allí nos encontramos en la estación de trenes sin saber cómo poder llegar a casa. Y allí apareció un conocido de Antonio, caído del cielo. Éramos cuatro personas. Su coche, un Panda. Sin asientos detrás, ni siquiera espacio. Pero no teníamos otra opción. Y el precio que nos pedía por el trayecto era abusivo. Después de regatear y conseguir bajarlo algo (un poco más de regateo y nos quedamos en tierra...) jugamos un poquito al Tetris dentro de ese miniespacio. La verdad es que cuando lo recuerdo me hace gracia, pero el viaje fue un show: en el asiento de copiloto una amiga y yo, acoplándonos como pudimos; en la perrera, como le llamamos a la parte de atrás, que estaba separa de los asientos delanteros por una reja, dos hombretones que apenas cabían: Parecía que en vez de un trayecto en coche estábamos jugando al "Enredos" con una pierna allí y un brazo allá. Totalmente surrealista. Hoy día se recuerda con una sonrisa, pero en aquel momento no sé si tanto...

Aunque la anécdota que más curiosa me resultó ocurrió una vez que llegué de unas vacaciones en España. Esa vez, de manera inusual, Antonio tenía apagado el móvil, y no me pudo venir a recoger como solía hacer siempre que volvía de cada viaje. Llamar a un taxi era inútil, porque la parada estaba justo en la estación de trenes, y allí no había ni uno. De hecho escuché cómo sonaba aquel solitario teléfono de la parada de taxis, al que nadie atendía, mientras intentaba con mi móvil localizar uno.

Entonces supe que era inútil ¿Y qué hago? ¿Dónde voy yo ahora con las maletas? ¿Cómo llego hasta mi casa? Casualmente, a esas horas en las que apenas quedan personas por la calle en aquella ciudad, bajaron conmigo del tren un chico y una chica. Les pregunté cómo iban a ir a casa y me dijeron que les iba a recoger su madre (eran hermanos). Algo tenía que hacer... Aprovechando la ocasión les pregunté por qué zona vivían, por si me podían dejar cerca de mi casa sin salirse de la ruta, a lo que me respondieron que me podrían acercar a mi casa, daba igual donde fuese, que hablarían con su madre para ello. Me daba un poco de apuro, pero era la única opción que me quedaba.

Así que hablaron con la madre y ella me dijo que me acercaba a mi domicilio, pero que antes les apetecía tomarse un helado, que si no me importaba me llevarían después. Me pareció un poco extraño, pero como he dicho antes era la única opción. Además no voy a ir poniendo pegas encima de que me hacen ese favor... Así que fuimos a una "gelateria", y nos tomamos un helado, al cual, además, me invitaron, no me dajaron pagar. La verdad es que era una familia muy agradable. Después del helado me llevaron a casa, e intercambié teléfono con la chica, porque le había caído bien y quería practicar el español. Pero nunca me llamó.

Eso sí, me llevé un viaje en coche gratis y un helado. Además de la agradable compañía. Pero ahí quedo esa historia...

Si es que el tema de los transportes allí es algo de locos... Dan para todas estas historias y muchas más...

Ahora tengo coche, vivo en mi país y no me han vuelto a pasar cosas del estilo. Pero no me relajo porque soy de las que, no sé cómo me las apaño, siempre le están pasando cosas extrañas.
Imágenes tomadas de internet. Si el autor lo desea y así lo solicita serán retiradas

Lluvia de recuerdos

Viendo unas imágenes de lluvia he recordado los fríos días de Monza, donde la niebla era omnipresente en el invierno, y el agua nos acompañaba a menudo a lo largo de las estaciones.
Me ha traído el recuerdo de la calidez de mi casa frente al gélido clima exterior. Lo disfrutaba mucho.
El apartamento tenía unos ventanales enormes, que daban a un balconcito en el que apenas cabían los pies. Yo me preparaba una infusión, y allí me sentaba, sobre el parquet, mientras veía la lluvia caer. Y pensaba. Y recordaba. Alguna vez me acompañaba la música; o me hacía con un libro para leerlo, mientras mi mejilla descansaba apoyada sobre el cristal, haciéndome consciente así del frío.

A veces miraba el campo de fútbol que había frente al edificio; a veces los pocos coches, gentes que pasaban por mi calle; y mis vecinos entrar y salir.
También veía frecuentemente a la abuelilla del bajo coger su bici, con más de 70 años que tendría y no fallaba una pedalada. Me la cruzaba a menudo cuando iba a tirar la basura. Aparte del "buongiorno" y "buon lavoro" me costaba descifrar las palabras que de su boca salían, dichas en un cerrado dialecto brianzolo. Era un personaje extraño, en su mundo, pero lo recuerdo con cariño.
Por las noches, a menudo, nos reuníamos en mi casa, con el vecino de arriba y el de abajo a la derecha, para disfrutar de las "seratas de té". Roberto solía sorprenderme con una nueva mezcla de infusión. A Filippo no sé si le gustaba demasiado el té, pero sé que disfrutaba de mi compañía, de nuestra compañía. Eran unas personas tan diferentes... Pero qué bien nos llevábamos los cuatro (junto con mi amiga y a la vez compañera de piso) Había momentos desternillantes, momentos profundos, momentos de bromas y otros de confesiones. Noches enteras sin dormir, incluso yendo a trabajar directamente.
Ese período me sirvió, entre otras cosas, para hacer nuevos amigos, pero también para recuperar amistades que habían quedado aparcadas y disfrutar aún más de los amigos de entonces.
Son recuerdos que tenía guardados en una cajita, la cual he vuelto a abrir después de mucho tiempo. No le pondré el candado; me gusta que a veces aflore a la memoria.
Imágenes tomadas de internet. Si el autor lo desea y así lo solicita serán retiradas

La caricia perdida

Se me va de los dedos la caricia sin causa
se me va de los dedos... En el viento, al rodar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida, ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va,
si no ves esa mano ni la boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de llamar,
oh, viajero que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida ¿me reconocerás?

(Alfonsina Storni)

La he recogido de un libro que me regalaron hace tiempo, un libro quizás de caricias perdidas que nunca llegaron a ser.

Hoy he podido escuchar en televisión un fragmento del Réquiem de Mozart. También me ha traído recuerdos, diferentes.

A veces te preguntas que será de personas que pasaron por tu vida. Aunque seas feliz, aunque no cambies por nada lo que tienes ahora. Sólo por saber cómo les va la vida. Sólo curiosidad.

Porque las huellas que dejaron en tí no son como las que quedaron sobre la arena de la playa, que se borran fácilmente; porque te ayudaron a crecer como persona, ya fuese con risas o con dolor; porque te hicieron descubrir partes de tí que ni siquiera tú conocías; porque en cierto modo esculpieron tu persona.

A todas esas personas, gracias. Ojalá supiera dónde estais muchos de vosotros que no os volví a ver para dároslas personalmente.

Fotos:
1. Atardecer desde mi balcón. Nubes de algodón de azúcar. Febrero 2006
2. Tomada de internet. Si el autor lo desea y así lo solicita será retirada