Publicidad:
Terra
La Coctelera

Categoría: Mi día de hoy

Mujer florero

...De mayor quiero ser mujer florero...

Siempre imagino esta canción cuando me toca meterme en faena, ponerme el traje de maruja y poner un poco de orden y limpieza para que circulen las energías, que las tengo presas y escondidas en cada rincón de la casa. No me extraña que tengan miedo a salir...

Me he puesto música. Bailo enloquecida pasillo arriba, pasillo abajo. Hago como la que ordeno, como la que limpio, y vuelvo a bailar. Qué ganas!! Bailo y quiero que me vean bailar, pero no hay nadie. Pero no bailo como en la discoteca. Bailo como sólo se puede bailar a solas en casa. Y grito. Porque es gritar y no cantar.

Me he encontrado un anillo. Me lo he puesto. ¿En qué dedo se ponen los anillos? ¿En la mano derecha, en la izquierda? ¿En el corazón, en el anular? Al final me lo he puesto en el que mejor encajaba, el anular. Será que se hizo para llevar anillos. En la mano derecha. En la izquierda ya llevo el reloj, y ya eran demasiadas cosas para mis manos minimalistas. Así que ocupa el lugar de la alianza. Da igual, la que llevo es invisible. Ainss, es que no estoy acostumbrada a llevar anillos... Quiero decir, en los dedos, porque hay otros inventos por ahí que no son malos para probar... De verdad que no...

Encuentro mil cosas que no sé qué hacer con ellas. Arrasé en la tienda de los veinte duros (¿cómo se llaman ahora...? El cambio de moneda traería consigo cambio de vocabulario, pero aun soy incapaz de adaptarme a alguno que otro...) El dependiente me regaló un pequeño peluche, un delfín amarillo. Dice el Feng Shui que traen suerte en el amor, los delfines,tienes que colocarlo en la habitación. Boh! Le buscaremos un hueco...

La verdad es que cogí manía a los peluches. Hace tiempo alguien se enteró de que los coleccionaba y se corrió la voz. Me llenaron la habitación de peluches. Llegó un punto que ya no sabía dónde meterlos. En la mudanza decidí que me desharía de muchos de ellos. Sólo los más originales he conservado. Bueno, mi abuela me los guarda hasta que me instale en algún lado (abuela, lo siento, sé que soy un culo inquieto, pero verás que sí, verás que ya paro. No sé si quiero, pero paro. Me quedaré quieta) Quizás en esa otra mudanza me deshaga del resto. No quiero peluches.

Las velas sí, no voy a seguir comprando, o al menos eso digo siempre, porque tampoco sé dónde meterlas, pero también se corrió la voz, y también me llenaron la habitación cual velatorio de formas, olores y colores. Pero me gusta. Me siento atraída por las velas. Hipnotizada. No sé, será que soy signo de fuego, y el fuego vuelve al fuego...

Bueno, vamos a lo que íbamos, que así no termino nunca.

...De mayor quiero ser mujer florero...

Adicta

Quizás alguna vez lo intuí. Pero claro, yo decía como los drogadictos que no lo quieren reconocer, que no, yo decía "no, yo controlo". Y a veces no es así. A veces te pueden esa necesidad, esas ganas que no sabes cómo apagarlas si no es con la propia droga.

Yo controlo, es verdad, me conformo con una mínima dosis después de comer. Lo suficiente para quitarme el mono. Pero hoy he probado algo nuevo. Y he tenido que salir corriendo para no enfermar de sobredosis. Lintd Excellence con pepitas sabor a pera y trocitos de almendra. Increíble la sensación. Tuve que repetir. Tuve que repetir de nuevo. Y he salido corriendo de las proximidades del frigorífico si no quería acabar la tableta. Para mí el chocolate es una delicia; si es Lindt es un tesoro; si es el nuevo sabor de pera y almendras es una perdición... Pero siempre chocolate amargo, y cuanto más negro mejor.

Un pedacito no muy grande, que se funda en la boca, ayudar a que se deshaga con la lengua, saborearlo lentamente hasta que casi desaparece... Es así como se come el chocolate; otra forma de hacerlo sería un sacrilegio. Y si se derrite en los dedos llegó el mayor placer. Es inevitable caer en la tentación de chuperretear los dedillos y disfrutar con ello. Mmmmm...

Hoy caí en la tentación de lleno. Y no pienso rehabilitarme. Creo que voy a por el último pedacito. Sí, de verdad, el último!! (Y quién se lo va a creer...?)

PD: Aconsejo también esos bombones Lindt que son como bolitas y se deshacen sin nigún esfuerzo en la boca. Te desharás con ellos...! (no, no me pagan comisión. Pero debería de ser pecado no compartir los placeres de la vida, no?)

La Semana Santa me pone los nervios de punta

Vengo de mala idea. La Semana Santa. No sólo no tengo vacaciones, sino que trabajo más. Pero eso es lo de menos. Me quejaría de verdad si no tuviese trabajo, y por suerte ayer mismo me renovaron por un tiempecillo más, parece un buen contrato. Puff! Alivio...

No, pero ahora no venía precisamente a eso. Sólo quería un par de minutos para quejarme. No quiero Semana Santaaaaa!!!!! Ay, María, cómo te entiendo. Cuando leí tu post me sentí exenta de los problemas que da estos días vivir en Sevilla, pero al salir esta tarde al centro comercial me he dado cuenta de que Ciudad Real también se convierte en una mini-gymkana en la que mi calle forma parte de la prueba principal.

Volver de comprar se puede convertir en un reto. Primero llegar a algún lugar cercano a mi casa. Cuatro vueltas y diez rodeos para que no me hubiese salido igual que ir andado a las compras. Después, el reto final, aparcar. Sudores, sudores. Hay un sitio! Mierda, es un garage... Busco algo más y encuentro. Unas cuantitas calles más allá. Un poquito lejos, sí... Ahora un paseíto hasta casa. Cargada además de bolsas. Por suerte no pesan demasiado.

Menos mal que compré ocho tabletas de chocolates Lindt Excellence (de lo mejorcito, señores)para quitarme las penas. Que éstas con pan son menos, y con chocolate, ya ni te digo.

Con esto vengo a decir que, despejando tus dudas, buen amigo Ryu, cada vez me gusta menos la Semana Santa.

Todos en estas fechas se vuelven los más devotos, los más religiosos. Como en Navidad, después pasa y se olvida. Pero a diferencia de estas otras fiestas, en las que el espíritu vive para ayudar a quien lo necesita, la gente se dedica a hacer sus ofrendas de flores, joyas y dinerales (que prefiero ni saber cuantificar) a estatuas para que luzcan más hermosas. Respeto las creencias, pero no esta hipocresía, lo siento. Perdónenme, pero creo que hay gente que necesita más esa donación.

No pretendo un post interesante, ni divertido ni nada de eso que sé que no conseguiré con estas palabras. Sólo quería desahogarme. Y lo he conseguido. Me voy a ver una peli. A ver si el cine también amansa a las fieras...

Un día en Sevilla

Me encanta pasear por las estrechas calles del Barrio Sta Cruz, donde siempre hay una sombra bajo la q cobijarse

Me levanté tempranito esa mañana. Había quedado con un amigo para desayunar. Sé que hubiese querido pasar más tiempo conmigo, que hubiese querido que le acompañase de compras el día anterior, como habíamos hecho alguna queotra vez hace años.

Crucé la calle para coger el autobús. En la puerta del taller estaba aquel perro, aun adormilado, empezando a aprovechar los primeros rayos de sol de un día que prometía ser cálido, pero que todavía no éramos conscientes de ello. Después entendí que me sobraría el abrigo y el jersey, que los hubiese cambiado encantada por una fina camisa, incluso unas mangas cortas.

Cogí el autobús. Lleno de gente como es habitual en un día normal a esa hora. Me puse el MP3 dispuesta a escuchar música, sabiendo que me esperaba un largo viaje, pero al final decidí poner la radio. Zapeé. Escuché la voz del Presidente del Gobierno y dejé de zapear para "zetapear". Pero madre mía, era Carlos Herrera el que le entrevistaba... Nada más que comentar.

Una hora de autobuses y por fin llego a Virgen de Luján. Mi amigo seguro que tiene hambre. Nos vamos a la famosa chocolatería que queda justo frente a su trabajo, no quiere alejarse mucho. A mí me apetecía una buena tostada, pero lo entiendo. Además, echaba de menos los "calentitos" de mi tierra.

Un ratillo de charlas, puestas al día, todo deprisa, sabe a poco. Otra vez será. Siempre tengo que conformarme con el "otra vez" en cada visita a Sevilla. Siempre llevo prisas. Pero esta vez no. Esta vez voy a disfrutar de esos paseos que tanto echo de menos.

Paso a saludar a Concha, de Queraltó. Se porta muy bien conmigo cada vez que me toca cambiar de gafas o lentillas, es muy cariñosa, y me coge de camino.

Cruzo el río. La Puerta de Jerez está patas arriba. Las obras han tomado la ciudad. Y la gente empieza a sentirse un poco como en Madrid, creen que van a sepultar la ciudad bajo las obras, creen que no va a terminar nunca.

Espero a cruzar la calle por un sitio imposible. Nadie se acordó de regular este rincón al tráfico. Y, ya me parecía raro que no hubiese pasado antes, empiezo a escuchar quejas sobre las obras. Pero se dirigen a mí. Me quito el MP3 para ser educada, para dar entender que le oigo, pero sólo después de la segunda respuesta. Le respondo que paciencia, que el que algo quiere algo le cuesta. Y ser educada me cuesta tener compañía que no buscaba durante un buen trayecto. Decido apagar la música.

Es un chico joven, o no tanto, de lo más sevillano. No sé, no tiene malas pintas, pero no me termina de convencer. Roza lo "cani". Y no mepreguntéis qué es; no conozco otra palabra mejor para definir lo cani.Que si hay que ver, que si esto no va a acabar nunca, que es un caos. Yo excuso al Ayuntamiento, intento comprender a ambas partes. Pero será que no vivo allí, y que no lo sufro a diario.Y le digo que sólo hay que ver el anuncio que ha hecho el Ayuntamiento de Madrid para defenderse de quejas así.

Me pregunta, intento ser cortés, pero no me apetece la conversación. Quería una mañana para mí. Pero sigue hablando. Que si soy de Madrid, no soy de aquí, se hace un lío, no me ubica (a veces casi ni yo consigo hacerlo), tampoco le doy facilidades,pero no vives aquí ¿verdad? , no, que si vas a venir en Semana Santa, no soy muy de Semana Santa¿y en feria? yo tengo caseta, si quieres te vienes y te invito a un cubata. Bla, bla, bla...Gracias.

Llega por fin mi bifurcación. Educadamente digo que tengo que tomar otro camino y le dejo allí. Y respiro paz. Estoy ya en la Giralda. Dispuesta a perderme por mi barrio Santa Cruz. Me confunden con una turista, estoy segura. Llevo la cámara en mano, no paro de hacer fotos. No paro de mirar todo como si fuera la primera vez. Y miro también el menú de las mesas en la Plaza Doña Elvira, con la esperanza de que pudiera haber algo
que me permita un día comer allí. Pero no, tendré que ahorrar, o al menos ahorrar para comer algo que no sea gazpacho más paella. Y tendré que elegir bien la compañía para disfrutar de un rincón tan increíble.

Me siento. Respiro la paz de antaño. La fuente canta como ha cantado siempre, es casi una nana. La brisa corre fresca entre los naranjos. Canto, hago fotos, miro, observo, siento. Estoy convencida, me toman por turista. Nadie compraría postales de su ciudad. Los camareros mi miran esperando que solicite una mesa, están casi al acecho.

Me he llenado de energía. He recuperado fuerzas, y sonrisas. Paz. Me reencuentro conmigo misma.

Se va haciendo tarde. Mi madre me espera para comer. Comida de mi madre. Y ahora también de la Thermomix. Tengo que coger de vuelta el autobús en la Plaza de la Encarnación, otro buen paseo. Pero disfruto de cada paso. Y me pregunto cuándo, de nuevo, podré volver a disfrutar de mi ciudad sin prisas, sin el agobio de cumplir con las visitas, sin tener que esquivar a todos conlos que tendría que compartir un ratito y no puedo dedicar, sin tener que llevar una agenda para distribuir cada minuto sin desaprovechar ninguno.

Pero esta vez no hice tanto, no ví a tantos, y no desaproveché un segundo. Porque los invertí en mí misma.

Una turista en mi ciudad

Mi querida Sevilla me ha vuelto a ver. Yo la he vuelto a soñar con los ojos abiertos.

Me ha regalado sonrisas, y yo se las he devuelto. Me ha regalado colores que han puesto alegría a mis días. Y guiños que se dibujaron reflejados en mis labios.


Me he teñido de verde, de albero, de cielo increíblemente azul. Me he bañado en calor de pretendida primavera avanzada. Me he vestido de ondas de Guadalquivir.

Me ha prestado de nuevo las risas que compartí con la gente de siempre. Risas sinceras, fuesen por diversión, o por combatir la tristeza, pero siempre compartiendo, y sintiendo que el tiempo no pasó nunca.

He sido turista. Como solía hacer cuando vivía allí. Me escapaba a los rincones más escondidos de la ciudad, y a los más concurridos por gente de todos los lugares. Me gustaba disfrutar de la paradójica calma de sitios que estaban repletos de turistas.

Tengo un rincón sagrado. Un rincón en el que el alma se encuentra con la paz, y todo parece silencio aunque todo sea ruido. He podido pasar horas allí sin hacer nada, y a la vez sin perder el tiempo. Escuchando música, escribiendo, leyendo, simplemente observando, simplemente sintiendo el aire sobre mi piel; cerrar los ojos y simplemente sentir.

Me encantaba ver cómo gente que iba de paso quedaban maravillados ante tal lugar, que mañana sería un recuerdo, que para mí iba a seguir siendo un presente. Verles llegar, admirar, fotografiar y marchar. Y yo quedarme allí, aun sentada, discriminando todo ruido del murmullo del agua en la fuente que me arrullaba, y dejándome acariciar por la fresca brisa de una primavera que comienza a estallar, con los naranjos intimidando al calor.

Y así volví a sentir mi Plaza de Doña Elvira...

Y así la quisiera volver a sentir, una vez más, sin prisas, sentarme, respirar el azahar, y sentir, sólo sentir...

Gente impresentable

Yo pensaba que no existía. Que era imposible, o hasta el momento lo era, lo creía firmemente. Pero sí, señores... Nació la persona capaz de sacarme de quicio, de quebrantar mi casi infinita paciencia, de poner mis nervios en límites insospechados, de crisparme como lo intenta a diario cierto sector político.

Sé que no es mi estilo, pero hoy me apetecía gritar a más no poder, sin aguantarme ni una mijita, "¡gilipollas!", "¡cabrona!" "hija de tu... bendita madre", y acompañarlo de miradas asesinas. A lo mejor no sólo hubiesen sido asesinas las miradas. Pero, y eso sí es más de mi estilo, mantuve la compostura. Increíblemente. Aunque mentalmente le grité eso y mil barbaridades más. Y me seguían pareciendo pocas para lo que merecía.

La persona capaz de acabar con mi estoica paciencia nació, y debió de hacerlo hace cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años, diría yo. Tiene un carácter que engaña. Va de suave. Pero yo ya la he calado. Desde el primer día. Ya supe que nuestra "relación" estaba condenada desde las primeras horas. No comenzamos con buen pie. Y eso que yo no me llevo mal con nadie, ¿eh? Quien se llevase mal conmigo es sólo porque quisiera.

Va de suave haciéndote creer que te engaña, pero a mí no, a mí no me engaña. Intenta ser hipócritamente dulce para que te sientas mal si le das una mala respuesta, porque no puedes sentirte bien al responder con caras largas y palabras secas a quien te habla pretendidamente con cariño. Y miente. Miente muchísimo. Tanto que se cree sus propias mentiras. Va de lista sin tener la más mínima idea. Pero suelta esas frases de lo más pedante, haciendo alarde de unos supuestos conocimientos. Aunque sólo se queda en intento. Con esas palabras engañarás a tus propios pacientes, siento lástima por ellos, o hasta rabia, porque les engaña también con su suave forma de hablar, y hasta les cae bien, pero a mí no. Aunque alguno, más de uno, se da cuenta de que les están intentando encantar cual serpiente, y que intenta compensar con esa pretendida dulzura antinatural la falta de conocimientos en su trabajo. Me recuerda un poco al PP: engañará a alguno, no dudo que no lo consiga, pero el resto somos lo bastante inteligentes como para darnos cuenta de la realidad.

Y lo peor es que es mi compañera de trabajo. Y lo peor, es que suelo trabajar 48 horas seguidas. Y lo peor de lo peor, es que es una incompetente en su trabajo. La persona más inepta con la que me haya podido cruzar (corroborado por mis demás compañeros que han trabajado con ella). Y más aun: todo lo que hace, además de mal, no tiene prisa por terminarlo, "trabaja" con una lentitud extrema, insuperable, increíble si no fuera porque lo veo con estos ojitos. Sólo le falta decirme "Me estás estresssaaaando...", como en el anuncio de Malibú

Tengo que ser chófer, porque no tiene carnet. No sólo en el trabajo, porque también me enreda para que le lleve a éste. Tengo que hacer de médico cuando yo estudié para ser enfermera. Si supiera tooodo lo que debería saber usted, señora, tendría un sueldo de médico. Pero hago mi trabajo, y el tuyo, y cobro la mitad. Tengo que lidiar con la gente que se enfada por su culpa, intentado defenderla cuando ni yo misma me lo creo. Un mal uso del compañerismo, diría yo. Porque para que haya compañerismo hay que ser primero compañeros, cosa que yo no siento. Y me canso de estar a cada minuto sacándole las castañas del fuego.

Pero sigo siendo yo, y a pesar de que algunas malas respuestas no pueda evitar, porque todo tiene un límite, incluída mi paciencia (que creía yo que no, pero va a ser que sí...) aquí estoy, aguantando estoicamente una guardia más con la ineptitud hecha persona, dudando en cada acción de que tenga título. Salvando, en cada acción, lo que esté en mi mano.

Lo siento, me tenía que desahogar. Llevo ya unas cuantas horas sufriéndolas. Saber que me toca aguantar unas cuantas más... Que Dios nos coja confesados... Recemos para que lleguen simples catarros y gastroenteritis...

Suerte que no es la única, y otras veces puedo trabajar con verdaderos COMPAÑEROS, de lo más cualificados y con los que me siento segura. Saber que tienes a alguien al lado apto para desarrollar su trabajo en conjunto con el tuyo no sabes cuánto reconforta. Y ahora, más que nunca, me dí cuenta de ello.

Pido a las autoridades desde aquí que no dejen sueltos estos peligros públicos. Deberían hacerles un examen antes de convalidarles el título desde el extranjero, que la salud es un tema muy delicado, y está en juego la vida de las personas.

Y sigo sin dormir...

No he podido dormir. Salgo de la guardia, que ha sido bastante tranquila, pero hay algo que no me ha dejado descansar. A veces la intranquilidad de quedar profundamente dormida y no despertarme si fuera necesario, a veces el calor, y si me quito la sudadera, el frío, a veces porque apagué la luz demasiado pronto, cerré el libro demasiado pronto.

Llego a casa. Bendito hogar, o algo así... Sesenta y seis horas he vivido fuera esta semana. Viviendo y trabajando. Todo en uno. Era ya hora de llegar a mi piso-leonera. Creo que toda la vida parecerá que vivo en un piso de estudiantes, aunque hace tiempo ya que cambié de profesión. Será que lo llevo en el espíritu. La vida de estudiantes, digo, no el estudiar *;P

Antes me pasé por el Mercadona. Aparqué mi coche guarrísimo pegado a la pared. Ya, iba a lavarlo, que lo sé, queya va siendo hora, pero es lo que menos me apetece al salir de trabajar 66 horas seguidas.
Creo que me están llamando, oigo por ahí algo como "la del Saab"...; son los reponedores que están bajando la mercancía del camión. O a lo mejor lo imagino, y sólo lo creí oír... A veces tengo esas paranoias. Pero creo que sí, que lo oí...Seguro que piensan que soy una guarra, que no lavo el coche, que qué lástima...

Aun no me acostumbro a un coche tan grande. Me da la sensación de que todo el mundo me mira, que a una mujer parece que no le pega conducir un coche así. Yo soy más bien de Peugeot 206, de Seat Ibiza, de Reanult Clío, de coches pequeñitos como yo, como el coche que pone a mi disposición el SESCAM para trabajar. Si es que hemos hecho unas migas...

Creo que lo llevo mejor que cualquier otro, que lo siento más mío que cualquier otro. Pongo mi música en él y se deja hacer lo que quiera, y me hace las jornadas más amenas, llevándome por paisajes a los que iría acompañada de tortilla de patatas y latas fresquitas sobre una manta, y no puedo disfrutar más que en uniforme y desde lejos. Eso sí, el aroma a campo no me lo pueden negar las jornadas de trabajo. Ni el sol que se empeña en bañarme cálidamente. Si hay que trabajar, se hace, pero si además se puede disfrutar de ello, qué mejor que mejor...

Bajo del coche, dejo la cazadora. El viernes hacía mucho calor, y me puse una camiseta finita. Hoy hacía sol, pero me ha engañado. No hace tan buena temperatura, o no tanto como esperaba. En el Mercadona suele haber una temperatura agradable y me confío. Otro que me traiciona con el clima. Hago la compra rápido, lo necesario, bueno, casi, siempre me entretengo algo más de lo necesario, pero apenas cogí la leche y el agua, un par de pasillos rápidos y me marcho. Qué frío. Qué frío. Se me ha metido en el cuerpo. Tenía que haber cogido la cazadora, ya lo sé. Pero todo ha sido un complot para engañarme, para que me confíe.

Una vez en casa, coloco todo en su sitio, o no todo, para variar. Sólo lo del frigo, lo demás puede esperar; suele esperar. Qué frío. Sí, aun. Voy a echar mano de una sudadera, me he quedado helada. No se puede ir tan fresca por la vida, no te puedes confiar.

En la habitación, frente al espejo, me doy cuenta de que mi cuerpo acusa el frío. De que no elegí la camiseta adecuada con el sujetardor adecuado. De que se notan ciertas protuberancias más de lo que yo hubiera querido. Vamos, hablando claro, que se advertían claramente los pezones! Qué corte, qué corte...!!!

Y yo paseándome así por ahí... Qué vergüenza... Mira que me gusta enseñar canalillo, la verdad es que peco demasiado de enseñar demasiado, o simplemente lo justo para que no sea demasiado aunque sea bastante, pero no los pezones, no, eso no, qué vergüenza, que no se noten, por favor, me cuido bastante de eso, que no se hayan dado cuenta... Y pienso que seguro que sí, cómo no se iban a dar cuenta... Me ruborizo.

Me iba a ir a dormir. No he podido. Ni en mi querido sofá, que suele actuar de somnífero para mí. Y yo, que soy un lirón... Tengo la sensación de que alguien me contagia el insomnio. Que las noches que sé que no duerme no puedo dormir yo tampoco. Y de día tampoco le dejan dormir, y yo tampoco duermo. Y seguro que después está cansado, y yo también...

Ahora me planteo si ir a clases de italiano o dormir esa siesta que me pide el cuerpo. Que tiene que pedirme porque debe descansar, que 66 horas son muchas, y que me busco como excusa, una vez más, para faltar a clase. La próxima vez me buscaré otro idioma que no sepa. A lo mejor así me animo a ir y aprender. Aunque a lo que realmente debería aprender sería a no buscarme excusas. Debería aprender a aprender a no buscarme excusas... Pero no sé dónde se hace eso. Así que creo que lucharé toda mi vida contra mi fuerza, o más bien debilidad, de voluntad...

Decidido: duermo y luego yoga. Si es que no logro encontrarme más excusas...

Actualización: Pigliate 'na pastiglia. Me tendría que haber acordado de esta canción al escribir un post en el que no se puede dormir! Pero nada, nosotros nos iremos a dormir sin pastilla alguna, ni ningún otro condimento.
Eso sí, la canción es buena. Sí, es la del anuncio de Siemens, que estaréis pensando que os suena...

Sensaciones de hoy

He despertado con la nostalgia desperezándose como primera sensación del día gracias a un sueño. De besos perdidos, de ganas, de ciudades extrañas pero familiares y deseadas, de suspiros, de obligado olvido.

Me la sacudí como pude y comencé la jornada de trabajo de hoy.

Paso más tiempo al volante de lo que se podía imaginar para una enfermera. Casi nunca el trabajo está junto al hogar. Y los pacientes a menudo lejos del centro de salud.

Al principio tenía miedo a conducir. O simplemente era el hecho de haberme sacado el carnet y no haber vuelto a coger el coche en más de un año. Pero por mi trabajo estaba obligada a vecer ese temor. De hecho, me saqué el carnet de conducir sólo para poder trabajar; el resto de las opciones no pesaban nada a la hora de tomar esa decisión.

Hoy calculo que habré conducido para poder atender a mis pacientes durante 70 kilómetros, algunos de ellos formando parte de tramos sinuosos. Y es así como me he llevado un susto. La sensación menos agradable de las pocas horas del día de hoy. El corazón latía paralizado y al galope, encogido en sus microlatidos que pretendían bombear la sangre con fuerza a todo el cuerpo, pero en especial al pie que estaba apoyado sobre pedal del freno y a los brazos que giraron impulsivamente el volante lo suficiente para no colisionar. Quizás soy una exagerada, pero viendo ese vehículo que venía de frente a toda velocidad invadiendo parte de mi carril creo que fue una reacción normal e instintiva. Ahí quedé un par de segundos, parada, mi corazón casi también, apoyando firmemente la palma de la mano sobre el volante para con el sonido del claxon hacerle ver a ese energúmeno que es un inconsciente al volante. Mi habitual calma quedó rota por instantes.

Es lo que sucede por estos lugares de pueblos pequeños y aislados. Las carreteras son estrechas, sinuosas y poco concurridas. La gente se confía y viajan por ellas como si fuesen los únicos que dispusiesen de vehículo. Y los abuelillos de los pueblos son lo peor al volante, conducen como si la carretera fuese suya, como si por las calles no circulase nadie más. Esos sé de buena mano que provocan más de un susto por desconocer el uso de los intermitentes, retrovisores y líneas que delimitan tu propio carril. Más de uno y a más de uno.

Mientras me recomponía llegué hasta el próximo pueblo a atravesar para llegar a mi destino. Esta zona rebosa cotos de caza. Me entristecí al ver las furgonetas llenas de perros sabuesos, galgos y podencos; los hombres uniformados con trajes de camuflaje, camuflando a su vez las escopetas en algún lugar; los todoterrenos esperando para adentrarse por rincones inhóspitos donde conseguir una presa. Tomé consciencia de nuevo de que esta zona, tan preciosa como es, está parcelada en cotos de muerte. Nunca entenderé la caza; nunca podré llegar a entender cómo una persona puede disfrutar matando a otro ser. Ni que el imponer un dolor sea considerado como deporte o distracción. No lo comprendo, ni lo comprenderé nunca.

Pero he tenido también sensaciones más amables. Como la sonrisa que me ha hecho esbozar esa abuelita que ha venido vestida de un aparente luto, su camisa negra bien colocada, su falda hasta la rodilla o poco más, y contradictoriamente ataviada con calcetines y zapatillas de deporte, nada coherente con el resto de la vestimenta. Una imagen simpática y entrañable.
La mayoría de los abuelos me resultan de lo más entrañable. Seguramente por eso elegí esta profesión; quizás por servir de ayuda a los que no la saben pedir, a los más indefensos y marginados. Y sólo una sonrisa es más de la ayuda que nadie puede imaginar.

Y la sensación más agradable de todas... El papel higiénico calentito producto de permanecer apoyado sobre los radiadores... *;P No me negareis que es reconfortante en un frío día de lluvia...